Y cuando llegó el momento, realmente no parecía el planazo de una tarde de primavera en febrero, en la que el Sol nos llama como si necesitásemos hacer la fotosíntesis. Las aceras de la calle de Alcalá de Madrid estaban a rebosar de gente. La entrada a la Quinta de los Molinos parecía la de un centro comercial en Navidad (bueno, y no en Navidad). Kilómetros más adelante, las calles Mayor y Libreros de Alcalá de Henares estaban repletas de paseantes disfrutando del carnaval, la plaza de Cervantes, igual y el Corral de Comedias, igual, aunque ahí ya no brillaba el Sol. ¡Pero regalaban periódicos! ¿A alguien le puede hacer ilusión eso ahora?
Lear ya no es rey ni conoce a sus hijas






